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jueves, 5 de mayo de 2011

Sobre la locura de Alan García. Por Rubén Vedovaldi

La locura es una defensa contra la angustia, la estupidez es una defensa contra el sufrimiento por sentirse desplazado.
El verdadero problema o temor actual de ALAN GARCÍA no es el fantasma de Osama bin Laden. Mucho más que ese espectro lejano y difuso, Alan García sufre hoy una herida profunda de su narcisismo y de su necesidad de no morir, de seguir siendo amado y necesitado por su pueblo. Pero nadie es eterno, nadie es imprescindible. Y por ley de la democracia, en su renovación periódica de los presidentes, hoy el dos veces presidente peruano, adicto al poder pero ya impotente, comprende con dolor que la historia lo desplaza, que Perú ya no lo necesita como presidente y que se consulta la voluntad popular para reemplazar al ayer mimado ALAN GARCÍA por otra u otro. Ya nadie lo aclamará más a él.
Pero ese sufrimiento fue sumergido en lo Inconciente profundo por ser demasiado doloroso de soportar, el tener que dejar el lugar de poder tan deseado.
Entonces su mala conciencia le propone un engañito contra esa angustia, le proyecta el fantasma de su propia muerte política sobre otro más muerto que él:

"Yo me siento morir porque voy a ser desplazado y reemplazado, pero VEAN COMO OSAMA BIN LADEN ESTÁ PEOR QUE YO PORQUE LO HAN MATADO.
MILAGRO ya no sufre, MILAGRO, ahora, viendo ese cadáver baleado me alivio y le digo al mundo: MI FE ME HA SALVADO A mi me van a reermplazar muy pronto,
pero a mi enemigo, o al enemigo de mi amigo, le va peor, porque está muerto".

Ese es el proceso psicológico inconsciente que hace ALAN GARCÍA. No es estupidez, no es locura; es un poco de delirio defensivo para aliviar su propia angustia. Todos hacemos eso, todos negamos la realidad que nos hiere el narcisismo, todos negamos que el tiempo pasa y la historia nos desplaza a todos.

domingo, 9 de noviembre de 2008

Relato: Martín Pescador. Fabián Belo (James Mustaine) Argentina.


Línea de dos anzuelos, terminación de la caña de fibra de vidrio de cuatro metros. Plomada de varios gramos en forma de torpedo.
Encarnó cada anzuelo con tres gambas previamente saladas y un trozo de calamar a modo de guinda, como postre.

Dio el giro reglamentario para liberar el reel e incursionar el agua con provocativo envite para presas ansiadas. Sin mucha potencia, aguas cercanas.
Se retiró unos pasos hacia atrás y colocó la caña en el haragán que también soportaba el resto del aparejo; mucha más carnada, hilo de coser, cuchillo de caza y baterías de repuesto para la linterna de cabeza.
Se dejó caer en silleta de acero inoxidable y con gesto responsable escudriñó la noche en busca del horizonte, dejó su mano derecha al acecho de vibración premiadora en la base de la caña.

En los noventa minutos siguientes repitió la misma operación unas ocho veces sin resultado. Todo indicaba que ese día toda captura le sería negada. Insistente.

-Ya es hora de marchar, -le dijo esa conocida voz por la espalda.

-Está bien, ya voy; déjame un minuto más que ahora seguro sale, -replicó proféticamente.

Y el augurio se hizo realidad, se cumplió su vaticinio; con frenesí de cazador triunfante recogía el reel y todo el nylon suelto que en su extremo desnudo descolgaba peso. Presa conseguida.
Al tenerla en su poder, antes de nada la admiró en silencio, la tocó y hasta quiso besarla, pero reprimió su deseo. 
La desenganchó dejándola a buen recaudo. Recogió los bártulos pesqueros y con el botín en mano alzada se encaminó a la voz diciendo:

-Lo he recuperado doctor. Ha llevado mucho tiempo, pero lo he conseguido.

El doctor lo felicitó, le dio unas palmadas a la espalda y lo acompañó hasta dentro del psiquiátrico donde alguno de los internos se pondría más que contento por recuperar su calcetín perdido en la piscina.
Martín no esperaba ninguna gratificación, tan sólo pretendía que lo dejasen salir de pesca a la piscina dos veces por semana.