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martes, 25 de noviembre de 2008

Relato: La Lupita. Rosy Paláu (México).


Me llamo Guadalupe y estoy aquí, levantada de la tumba, para que no sigan diciendo tantas mentiras, para que nadie  crea esas historias de que si estaba loca, de que si andaba por las calles contando las bolitas del rosario por uno que me dejó vestida de matrimonio a las meras puertas de la iglesia. Si alguna locura me quieren achacar, es la de haber nacido ese día del eclipse en que todo se puso oscuro, como los ojos de aquellos que esperaban lo peor, esos ojos que más querían oír que ver, pegados a las paredes como los perros a las patas de los catres, deshilachándose en las sombras. A todo el espanto se le arrimó otro espanto, el de los gritos de mi madre que eran, dicen, un ventarrón que hacía temblar la lumbre de los braceros. La   Dolores que  salió corriendo a traer agua del patio , sólo abrió la boca para decir que por allá afuera, echaban chispas las estrellas queriéndose salir del cielo. Luego, yo lloré de hambre bajo el sol entero, enterito como los mangos y la guayabas que colgaban de los árboles llenos de trapos rojos.

 

Ese día a todos les agarró la urgencia de encontrarse en las banquetas y en medio del habladero descubrieron que las palabras también les servían para tirar el miedo.

 

Yo sólo recuerdo de aquel entonces, el olor de la leche hervida en las vasijas, los pasos apurados, el zumbido de las moscas metiéndose en la voz de las visitas que se mecían despacio en las poltronas de cuero, no se les fuera a caer el  silencio que traían cargando. Yo las veía bajo el calor de los tejabanes, enrollándose las faldas para que les entrara el aire, las oía hablar del mundo como si el mundo les quedara muy cerquita, como si lo conocieran de hacía mucho , pero a mí, el mundo me sonaba muy lejos,  algo que estaba detrás de esas nubes amarillas que por más que estiraba los ojos no me dejaban pasar con su red de alambres y de pájaros. De mi padre, guardo su figura achaparrada, azotando la puerta después de decir: “me tienen harto” y la tarde en que sin decirnos nada, nos miró de arriba para abajo y arrastrando una cola de  perfume, se fue de la casa.

 

La casa siempre estuvo llena de mujeres prietas , mitoteras de querer lo que no les pertenecía. Les bastaba doblar la hoja de un tamal para armar un cuento. A mi me tenían envidia, se les veía de lejos, porque yo era blanca, porque a mí me consentían hasta por no hacer nada y sin que nadie se los pidiera, se dieron a la tarea de medirme el ocio.- Se va a tullir allí, queriendo sacarle una canción al cacarear de las gallinas, murmuraban. Mi madre las dejaba decir y luego a las seis cerraba la tienda,  tejía mis trenzas, me hacía en la frente la señal de la cruz y nos íbamos a la misa para que no nos ensuciaran los pecados.

 

De eso si pueden hablar, lo otro son nada más inventos y aquí, junto a estas cruces de palo, sin adornos, sobre esta tumba reseca, yo, Guadalupe, les vengo a decir la verdad.

 

Fue allá por las fiestas de la virgen, entre papeles picados y banderitas, cuando lo vi por primera vez. Yo acababa de cumplir los 15 años y aquí, no quiero que piensen que soy creída, pero los espejos a mí nunca me dijeron mentiras, era bonita, alta, chapeteada y traía un vestido con listones de muchos colores y unos zapatos de tacón que se me enterraban a cada rato en la tierra recién llovida. Lo recuerdo como si fuera ahora. Si parece que hago tiempo, es sólo que ya casi no sé como explicarles lo que sentí cuando me tropecé con aquella mirada, verde como las luces de los cuetes que alumbraban la noche haciendo malabares. Les juro que fue como si trajera un río que se me desbarrancaba por dentro arrastrándome hacia él con todo y esos sueños que apurados me dibujaron un montón de cosas, hasta que encontré la voluntad para agarrarme de la orilla del  juicio. No fuera a creer que yo era de esas que se daban como las frutas del monte que se podían comer sin dar un cinco. Mientras me aguantaba el desespero y me zangoloteaban los pensamientos, me sacó a bailar.

 

Nunca supo que le dije que no porque me daba miedo quedarme encajada en el puro medio de la danza y no quería ser la burla de todas esas viejas que se llevaban apuntándome los pasos. Todo eso sirvió para que al rato le costara trabajo sacarme  una mirada que lo pudiera mirar.

 

Al atardecer, se detenía en su carro de vender frutas y entraba en el abarrote revisando el pan de las vitrinas, esculcando de reojo los rincones para  ver si yo aparecía haciéndome la tonta nada más para avivarle el deseo. Luego, nos hicimos novios . Y es que hablaba tan bonito. Mira Lupe, me decía, la verdad debe estar siempre rellena de verdades, si no, no es verdadera, hay que coger por los cuernos al destino y ponérselo enfrente como te puse yo a ti. Si me dejas, me mato. Todo quedaba tan clarito, que después la voz se le desbarataba en una sonrisa que se le quedaba colgando como una hamaca en la cara.

 

Yo iba al templo y miraba a la virgen tan inmaculada, tan llena de gracia y luego volteaba a ver a Dios para decirle: Mira Diosito, si tú me lo diste, no me lo vayas a quitar. Te voy a traer  rezos,  flores, Tú mandas, te voy a velar la tristeza que te dan los hijos que se portan mal, ahí revolcándose en el pecado, que porque dicen que tú los dejaste de querer como me quieres a mí, desde allá arriba, desde tu bondad. Por eso te vengo a hacer plática, aunque yo no sepa hablar como lo hace el padre cuando nos pinta el paraíso, lleno de arroyos y de arbolitos, donde los días brillan como si les acabaran de poner la luz y no tiene nada de malo que Adán y Eva anden desnudos porque no los ha encontrado la desobediencia, el padre Manuel que luego endereza el micrófono ,  nos acomoda con la mirada para ponernos todos juntos  y como si  el mismo silencio que se lo llevó lo devolviera, nos abre con la voz las cortinas del infierno.

 

Yo entiendo que el amor no tiene mancha cuando es amor del bueno, cuando la carne y el espíritu andan agarrados de la mano y para donde va uno va el otro, por eso así andábamos nosotros, en uno solo, yendo y viniendo entre los olores de las macetas recién regadas y de la ropa secándose al sol. Aún siento sus frases caminando por mi oído, las olas de sus manos alegrándome los miedos,  tirados en el colchón, escuchándonos la vida, hasta que los ruidos de la calle nos venían a juntar.

 

No voy a negar que aunque ya le pertenecía, no me gustaba contar los olanes del vestido de la boda, tampoco que a ratos me quería ir a vivir al monte, o a un cerro a dónde fuera con él , pero  le había prometido a  Dios  que sin sus  bendiciones no me iban a llevar a ninguna parte.

 

 

Andaba yo por los 16, cuando aquellas fiebres le llenaron el cuerpo de unas ronchas negras que parecían charcos de lodo hirviendo. Mi madre lo cuidó como a un hijo, a las medicinas del doctor les revolvía los remedios de esas  yerbas que olían tan feo y eran como sus consejos, amargos pero quitaban el dolor. Una noche, después de muchas, me despertaron unos ruidos del otro mundo, unas palabras sin vocales que salían por el agujero de sus labios tiesos. Fue entonces cuando supe que  la muerte me lo andaba acariciando. En medio de la oscuridad,  me correteó el miedo y acabé en el patio, debajo de los mangos. Alcé los ojos calientes de tanto llorar para enfriarlos en las ramas de los árboles y ahí, como si de pronto me nacieran las fuerzas y hasta pudiera volar,  juré con todo el amor que le tenía que si Dios le volvía a poner la vida, lo soltaba de la mía para siempre.

  

 

 No me voy a alargar contándoles que  me amaneció, que ya las sombras andaban trepadas en las bardas como pendientes de cuando me iba a ir, sólo les diré que no pasaron ni dos días y ya se le podían arrancar las costras y que al cuarto  le volvió la gracia de vender naranjas.

 

Desde entonces traigo un dolor. Creí que me iba a costar trabajo quitármelo de encima de poco a poco, no se me fuera a matar de verdad, que tal vez  a sus ruegos me arrepentiría del pedido pare echarme de nuevo a sus brazos, suplicándole al Señor con las rodillas peladas de subir las escaleras de la iglesia que por favor me perdonara, que ya le iría pagando con muchas penitencias. Quién hubiera pensado que lo iban a abrazar las ganas de voltear para otras mujeres.

 

Que si fui muy bruta, que si nadie sabe para quien trabaja, se  transparentaban en las lástimas las carcajadas. Pero a mí nunca me salpicaron las amarguras, porque  yo, Guadalupe, la más bonita, la más alta, la más chapeteada  les iba a limpiar a todas  el cochinero que traían por dentro.

 

Sí, tres veces me rogó y tres veces le dije que no. Luego me vestí de blanco, me colgué un rosario para contarlas una por una en las bolitas, para que no se me olvidaran nunca las miradas filosas de sus caras prietas y blanquearles  con mis rezos  las burlas y los odios.

 

Cuando atravesaba la plazuela, bajo el cielo caluroso y el aire que sonaba a  cucharas revolviendo el hielo molido de los raspados, a mi me refrescaba el alivio de la mirada del Arcángel San Miguel, que nada más me divisaba desde su torre tan alta, abría con su espada las nubes rojas y amarillas para que pasaran los ángeles, revoloteando de gusto entre los globos y las palomas y me acompañaran hasta la casa del Señor. Apenas me paraba en la puerta y ya me estaban esperando los santos y las vírgenes ahí en sus nichos, detrás de las veladoras que alumbraban con sus llamitas tantas virtudes juntas. Nunca me cansé de mirarlos, escuchando las plegarias, olorosos a flores, con sus diademas doradas, tan lejos y tan cerca, como aquel mundo que yo sólo pude tocar con la imaginación.

 

Han pasado muchos años desde que vine a parar a este hoyo donde se junta la tierra con la tierra y las almas se sientan a esperar la repartición de los castigos. Unas lloran a otras les agarra el habladero como si ensayaran para luego distraer al ángel de la justicia; yo al que espero ver llegar es a él, envuelto en un montón de arrugas, mal comido y mal planchado, con la memoria gastada de pensar que todas los noches yo le iba a jalar las patas, aunque ganas no me faltaron, mejor le seguí guardando todas sus mentiras para aventárselas como un puño de lodo a la cara. Dice la Dolores que me vio nacer, que ya no tarda, que me aliste bonita para cuando venga a ponerme flores, pero  yo sólo sueño con mirarlo de frente para que se le apague del susto la poca vida que le queda y así, descansar en paz.

jueves, 20 de noviembre de 2008

Relato: El Niño Grimaldo. Ricardo Calderón Inca (Perú).



A tu presencia desde el celaje.

 

Alguien tuvo que ir por el pan y ninguno de mis hermanos quería hacerse cargo de esa encomienda. Mi madre había regresado del mercado cansada, todos los días era lo mismo, traía un balde con comida que le sobraba de su puesto, tan humilde, tan sencilla, para repartirlo entre diez hermanos; seis mujeres y cuatro hombres. Hernán era el menor y como de costumbre hacía los recados de los hermanos mayores, pero esta vez ocurrió algo distinto. Nancho como comúnmente le decían, se empaló y no quiso ir por el pan, Alonso, como hermano mayor, reclamó por qué no quería ir –yo no quiero ir… ¿por qué no vas tú?, ¿acaso siempre tengo que hacerte caso?- Los reclamos se iban acelerando, se acentuaban las palabras, de un tonto a un carajo, y con frecuencia se acercaban cuerpo a cuerpo, como buscando en el viento, la superioridad de sus argumentos. Cállate… y un reverendo sonido impactó en el rostro de Hernán. Se ausentaron las palabras, pero las miradas, sólo aquellas iracundas, lo decían todo.

-¿Qué está pasando acá?-, preguntó la mamá Claudelina y entre labios pronunció: estas mierditas otra vez se están peleando. Parecen locos gritando, ¡qué cosa! arrebatados estos, -mí mamá estaba realmente guapaza-  ni el recuerdo de su padre los hace unirse, ¡malcriados! Nancho se encerró en su cuarto durante diez minutos, luego como alma que lleva el diablo se esfumó de la casa. Ya eran las siete de la noche, las ocho, las nueve, las diez y aún no regresaba. Doña Claude, como acostumbraban a decirle en el mercado, estaba realmente asustada, aquel hijo callado y misterioso, se había ausentado del hogar, aún su ausencia era necesaria.

Claudelina imaginó mi ausencia y mi paradero en casa de la tía Felina, una de esas tantas tías a la que uno recurre cuando suceden problemas, era una buena opción para tranquilizarse, sin embargo, se le vino a la mente la idea de mi presencia en el cementerio, no sabría explicarles como advirtió tal imaginación, porque a las finales resultó siendo verdad. Aquella noche camino al cementerio brotó en mí un sin números de interrogantes, de las cuales una, me causaba admiración: “¿por qué moriste papá Grimaldo?”. Había transcurrido un mes del fallecimiento de mi padre y aún no podía creer que su mirada había partido, todo era quebranto, todo sin sentido, todo triste, todo muerto. Cuando ingresé al mausoleo ya eran aproximadamente las doce y media de la noche. No me interesó en lo más mínimo la pena que causaría a mi familia con mi ausencia, ni mucho menos pensé en mi madre, la amaba tanto. Buscaba la tumba de mi padre, pero habían tantas que me perdí por un momento, luego retomé el camino adecuado y me dirigí hacia ella. Las flores del mes pasado aún persistían en el nicho, intactas, como si cada día ellas vivieran para demostrar al mundo la belleza del alma desterrada. Hablé con mi padre largo rato, le conté lo que había sucedido en la tarde con mi hermano, le dije también que lo extrañaba, que me sentía solo, terminé por llorarle, casi lo suficiente como para llenar mi baldecito y comenzar a lavar la armazón que cubría la foto de Grimaldo, “hay mi niño Grimaldo por qué te fuiste”. La noche estaba templada y el miedo se me hacía insignificante en compañía de mi padre -¿será acaso por el vino que traje?- claro que traje un vino, sentí la imperiosa necesidad de brindar con papá. Comenzó hacer un poco de frío (por no decir bastante) así que comencé a cavar al costado de la sepultura, hice una zanja profunda para enterrarme a su lado, solamente hasta el cuello, quería ver como la noche se estrellaba con todas sus maravillas. Comencé a rezar profundamente, soñaba con sus días a mi lado, mis días sin su presencia, mis días, sus días, imaginaba, imaginaba… pero el sueño logró vencerme.

Ya entre mi letargo, observé la silueta tímida de mi padre y cálida a la vez, mire hacia arriba y era él, sí, era él.

-Cálmate hijo, estoy contigo, deja de llorar.

-Llévame contigo papacito, llévame, llévame por favor. Por un momento añoré la muerte con toda su belleza, para tan solo vivir a su lado.

“No”, respondió Grimaldo, un rotundo y enérgico no, te necesito a lado de tu madre, ¿quién ocuparía mi lugar como el hombre de la casa?, mientras él decía esto yo miraba fijamente su rostro, transmitía una profunda tranquilidad, su mirada infantil, su sonrisa benévola; sus gestos lo decían todo. Sí papito, le respondí, ahora mismo voy a verlos, es necesario que los cuide, no quiero perderlos como te perdí a ti. Al poco rato tomó mis manos, besó mi frente y me dijo: “Tengo que ir por tu madre y tus hermanos, ellos también me necesitan”.

Al despertar hallé por encima de la tumba la foto de mi padre, era la que habitaba en su interior, comprendí entonces que entre todas las señales del mundo, aquella era la más completa. Tomé la foto y me dirigí a casa. Poco antes de llegar, observé a lo lejos, la silueta sencilla y resuelta de Claudelina, estaba regando sus plantas con una solemne dulzura.

-Hola mamita. Y a través de mi faz taciturna, dos lágrimas azoradas quebrantaron mis mejillas.

-Hola hijo mío, ayer fue un día terrible para ti, debes estar cansado, vamos adentro, te haré tu sopita de gallina.

No puedo describir cuan bien me hicieron sentir sus palabras, era su alma en mis brazos y su Dios en mis ojos. Antes de ingresar a casa, mostré a los cielos mi sonrisa más plena, buscando en ella el argumento perfecto del amor.

-Aló, sí, ¿quién habla?

-El cadáver del niño Grimaldo ha desaparecido del cementerio. 

martes, 18 de noviembre de 2008

Relato: Túneles Suburbanos. Mario Gonçalves (Argentina).


TÚNELES SUBURBANOS

 

 

 

 

 

En principio era sólo un pasaje clandestino, un pequeño túnel que unía dos casas particulares. Su ubicación exacta y quiénes fueron los iniciadores ya son datos perdidos. Lo importante es el uso que con el tiempo se les dio, y su rápido crecimiento. En un lapso de siete años el conjunto de túneles ha aumentado rápidamente su tamaño. Al principio eran apenas unos pasajes que debajo del suelo recorrían un par de calles; hoy son grandes túneles que recorren toda la ciudad. Algunos aseguran que “son la ciudad”.

Aunque pareciera que la utilidad de un túnel sólo consiste en unir dos puntos determinados, ya sea oficialmente o de forma secreta, es sorprendente ver la diversidad de usos que la gente les da. Uno puede caminar por ellos como un paseante y ver a lo largo del camino, en cada puerta un mundo distinto y totalmente nuevo. Cada puerta seguramente comunica a una casa particular, aunque también las hay que desembocan en lugares públicos y hasta en edificios estatales. En cualquier lugar en donde se esté en la superficie, probablemente haya una entrada a los túneles. Si es en una casa particular, lo tendrán a la vista y en buen estado, en un lugar preferencial. Pero si es en un lugar público estará cubierto o disimulado, ya que visitarlos es mal visto por algunos, aunque se dificulta encontrar a alguien que no lo haga. La mayoría de los que protestan por el mal uso de los túneles, por las noches se los encontrará abajo.

Lo más sencillo cuando se anda por la calle aburrido y se sienten deseos de entrar, es abrir una tapa de desagüe y bajar. Ahí seguramente se encontrará alguna puerta. Una vez adentro las alternativas son varias, aquí se encuentran todas las cosas que arriba, están prohibidas o son inaccesibles. Todo lo que no se puede hacer arriba es seguro que por inercia abajo se hará. Cuando uno camina por los túneles tiene a cada lado puertas, las cuales algunas permanecen cerradas, con carteles indicadores de lo que hay adentro; y otras que están abiertas, por las que se pueden ver cosas geniales como también cosas terribles; éstos son los exhibicionistas que no sólo quieren relacionarse con su gente sino, también captar la atención de todo transeúnte. Pero las que más llaman la atención son las que permanecen cerradas sin ninguna indicación. De estas puertas se puede esperar cualquier cosa.

Los lugares más comunes son las intersecciones, que son lugares recreativos y de reunión en donde la gente se conoce. Luego pasan a otros lugares que aunque más selectos o apartados de los grandes grupos no son para nada íntimos, aquí la intimidad no existe; todo se hace en grupo o a la vista de cualquiera que pase por ahí. Esa es una de las diferencias con la superficie. En los túneles no hay personas, sólo individuos; así se los llama. Al bajar, las personas pierden su identidad, pasan a ser simples objetos que interactúan con otros objetos manipulando o siendo manipulados. Es un juego en el que la gente es un individuo anónimo relacionándose con otros individuos anónimos.

Yo he visitado con frecuencia los túneles, aunque ahora mi entrada está clausurada. En el tiempo de mis visitas he visto cosas que antes jamás me había imaginado. Es increíble darse cuenta de cómo las leyes de la superficie reprimen a la gente. Por esta razón en los últimos días se han estado debatiendo en el parlamento algunas medidas para terminar con los túneles o por lo menos restringir las actividades que en ellos se conciben. Pero esto es casi imposible, ya que los lugares de recreación colectiva (así los llaman los defensores) no están en sitios públicos. Ni siquiera están en los mismos túneles, sino en las casas particulares de los individuos que eligen abrir una puerta a dichos túneles que, además, no pertenecen a nadie, ni son espacios públicos; por lo tanto el estado no tiene jurisdicción sobre ellos. Su construcción se fue dando poco a poco. Al principio era un solo túnel al que se le fueron agregando otros. Cuando el túnel llega a la casa de alguien, este alguien empieza a excavar continuando el trayecto de su vecino anterior, trayecto que continuará su vecino siguiente. Así, están en continua construcción sin que nadie sea su dueño. Inclusive hubo redes de túneles apartadas cuya unificación hace un par de años se vivió por toda la comunidad como una verdadera celebración. La integración de las libertades individuales de toda la ciudad.

Hace unos cuatro o cinco años andar por los túneles era fácil, uno nunca se perdía, se conocían los trayectos y las encrucijadas; y se podía reconocer a algunos frecuentes visitantes. Pero hoy en día ya es un mundo de gente, todos desconocidos. Los trayectos son cambiantes. Algunos oportunistas por unas monedas se ofrecen de guías o nos venden un mapa con vigencia de uno o dos días. Los esfuerzos que se han hecho por parte de las agrupaciones de usuarios de los túneles para señalizarlos y para numerar las puertas han sido siempre en vano. Debe ser por el espíritu de libertad que despiertan y por el mismo espíritu con el que fueron creados, que hace que las reglas sean rechazadas por la mayoría. Por eso todo tipo de ley o norma que en la superficie da resultado fracasaría ahí abajo. Sería el principio del fin de los túneles, ya que perderían uno de sus propósitos principales: la libertad. Por eso ahí es donde se ve cómo la gente es en realidad, sin ninguna presión colectiva.

Entonces, si se quiere sobrevivir hay que entrar preparado. Lo más importante a la hora de entrar en los túneles es una brújula, para evitar perderse. Si se prescinde de este elemento y uno se encuentra perdido, lo más recomendable es buscar una puerta a la superficie en donde reinan las leyes y las señalizaciones. Otro elemento importante es una linterna, que debe ser de una potencia considerable ya que, aunque hay algunos que suelen iluminar sus entradas hay otros muchos que no lo hacen; y menos iluminados están los trayectos en los que no hay entradas. Estos elementos y otros también útiles pueden encontrarse en puestos de venta en los mismos túneles. El comercio y el intercambio subterráneo son un negocio que muchos eligen hoy en día. Hasta hay locales que sólo atienden al público de los túneles y también habitaciones de alquiler con entrada sólo desde los túneles. Yo vivo en una de ellas, aunque ahora clausuré la puerta y salgo por una pequeña ventana que da a la superficie. Estoy aislado totalmente debido, por un lado a las restricciones colectivas y por el otro a la avasalladora libertad individual.

La mayoría de las personas apenas terminan su trabajo se van corriendo a los túneles por la primera entrada que encuentran. Las calles después de las siete están desiertas. Los pocos comercios que aún se obstinan por vender en la superficie; los cines que proyectan para unos pocos solitarios; los bares y restaurantes completamente vacíos describen una realidad equívoca. Aparenta ser ésta una ciudad abandonada. Pero no lo es, el murmullo de la muchedumbre se oye por las alcantarillas y el olor de la masa interactuando sube lentamente a la superficie. Todos están deleitándose con lo prohibido. Probando los placeres y también los dolores desconocidos para la sociedad. Lo que más abunda es el juego de azar con sus miles de formas de ganar o de perder. También las diferentes formas de evasión por medio de sustancias, para los que buscan una más profunda escapatoria a la realidad de la superficie. Para el contrabando, secuestros, asesinatos y robos también se utilizan. Es común que se secuestre a alguien y se lo lleve abajo para sacarle lo que tenga, para luego dejarlo ir. Esto con suerte, ya que un asesinato en los túneles no es asunto para ninguna justicia, más por el temor que por una cuestión legal. Pero por supuesto lo más importante y que predomina son las relaciones humanas directas, sexuales y en algunos casos también sentimentales. Aunque en este tipo de interacción entre simplemente humanos están despojados los individuos de toda “marca superficial”. Es decir, libres de los cánones exteriores o de la sociedad de la superficie. Los individuos saben de antemano lo que quieren, son puro deseo y van directo a satisfacerse. Por eso se dice de los túneles que son un medio de autosatisfacción, ya que en la relación que se plantea el otro no es el prójimo con nombre y apellido; al menos no en la medida en que uno tampoco lo es. Uno se convierte en un tipo manipulador y en un objeto manipulado según los deseos del caso sin preámbulo, sin prolongación ni consecuencia.

En una noche de soledad uno puede internarse en los túneles, deambular curiosamente y llegar a uno de esos lugares donde los individuos se conocen. Poner en práctica la más simple, o casi grotesca maniobra de atracción, y ligarse a una persona de una manera que hasta ese momento sólo podía haber imaginado. No es necesaria ninguna descripción individual; las marcas superficiales no son importantes, lo importante es la situación que lo turban a uno de tal manera que graban en el cerebro los recuerdos como sobre piedra un jeroglífico; extraños símbolos de audacia, estremecimiento y enajenación. No le queda a uno ningún recuerdo personal, tan sólo de la situación, del momento y la emoción. Pues eso se hace en los túneles: se actúan situaciones y se viven sensaciones, mas luego se olvidan los rostros quedando el sabor de los actos.

Pero al poco tiempo se despierta el deseo con más fuerza que antes y se tiene que bajar. Recorrer los túneles en busca de aquel símbolo, dedicar las horas de ocio a encontrarlo repitiendo el mismo juego una y otra vez. Uno quiere volver a vivir la misma situación con las mismas acciones y los mismos tiempos pero todo es en vano. Sólo se encuentran bosquejos garabateados de lo que se vivió. Una a una van pasando las noches, y cada noche una máscara y una burda representación del momento anhelado. No es lo mismo, no puede ser lo mismo si todo cambió. Por más que intentemos recrear la situación, la identidad nos vence y el espíritu impersonal de los túneles triunfa definitivamente. Por supuesto que pensamos en buscarnos, pero como es costumbre en los túneles no dar un nombre verdadero ni una dirección, es imposible encontrar a nadie. Generalmente uno se inventa una vida falsa, un poco por seguridad estando delante de un extraño, pero más por cumplir una mera fantasía. Igualmente ya no se volverá a encontrar al otro que probablemente nos esté engañando también.

Alguna vez, yo dije mi nombre verdadero. Quisiera creer que ella no se deja engañar por las costumbres de los túneles pensando que yo fui un invento, un simple objeto de fantasía. Esperaba a veces encontrarla por algún pasillo y que viera que soy real. Pero es en vano, la ilusión moría súbitamente. Pensará que todo en mí fue mentira, mi nombre, mi presencia y mi vida.

Evidentemente los Túneles no son para cualquiera. Hay que estar siempre preparado para abandonarlo todo, vivir como un nómada. Porque de lo contrario, se empieza uno a familiarizar con circunstancias efímeras, que no tendrán jamás prolongación en el tiempo. Para vivirlo todo, primero hay que inmolar al que somos. Y así la vida se va convirtiendo en una fantasía. Por lo menos, esa vida que se tuvo alguna vez. Hoy ya no se es nadie, perdido todo por entregarse a los túneles y sus vicios. Deambulando por pasillos angostos, arrastrando los pies en la tierra, tanteando a ciegas como una especie de topo antropomorfo; perdido en innumerables pasillos, encrucijadas y rincones insólitos, así fueron las últimas noches que caminé por los túneles. Así se está cerca de la muerte, los túneles son cada vez más oscuros. Vagar durante días, perdido y sin vislumbrar una salida real. Tratan de sacarle a uno lo poco que tiene, un fogonazo en la penumbra, un forcejeo y tratar de sobrevivir. Otras veces, los techos de los pasillos se desploman y se salva el que puede.

Ya no volví a bajar. Hoy un perro me ladra por la ventana y no me deja dormir. Camino por la pieza, por la diminuta pieza de un lado para el otro. Me acerca a la realidad una radio a batería que sólo capta una emisora, en la que no se dejan de hacer alusiones indirectas sobre los túneles, y todo lo que representan. Siempre los refieren con un doble sentido, como si a esta altura alguien hubiera de sobresaltarse por su existencia; o porque se hable de ellos. Pasamos el tiempo escuchando las voces que nos informan sobre aquel mundo subterráneo. Lo único que nos queda en la superficie es la amarga crónica diaria de los Túneles, que ya son la realidad. Escuchamos atentos lo que sucede, lo que podría suceder y lo que es imposible; todo ello con el mismo gesto impávido, como testigos mudos de un acontecimiento insondable e irreversible.

Mientras los hombres caminan como topos ciegos por las profundidades, con el tacto y el oído agudizados, como medios indispensables para asimilar aquello a lo que se ha reducido la realidad, yo junto ánimo y salgo a la calle desierta y sucia. En algunas esquinas ya se ven renegados de los suburbios reuniéndose, adorando las ruinas de un orden perdido y evocando sueños viejos, llenos de cordura e identidad. Contemplando las calles vacías me uno a ellos con timidez, con ansias de poder fingir que soy alguien.

 

 

Mario Gonçalves

 

domingo, 9 de noviembre de 2008

Relato: El Oasis. Luis Alberto Chinchilla Elizondo (Costa Rica)


Hace muchos años, allá en la lejanía de un desierto, un Mercader encontró un Oasis y decidió establecerse en ese lugar con su familia, construyó algunas tiendas de campaña y le daba agua, alojamiento y alimentación a los forasteros que pasaban por allí a cambio de algún dinero.

 

 Un día pasó un forastero que hizo amistad con el mercader, al día siguiente cuando se iba a marchar el forastero dijo no traer dinero pero a cambio le entregó una piedrecita, a lo que preguntó el mercader: - ¿qué piedra era esa? El forastero le indicó que allá muy lejos existen unas minas dónde extraen de estas piedras y son muy valiosas,  - ¿cómo se llaman? preguntó el mercader,  - le dicen diamantes, respondió el forastero y se marchó.

 

 

Después de algún tiempo volvió a pasar por ahí el forastero y quiso ir a saludar a su amigo el mercader.  Pero observó el lugar muy distinto con calles, aceras y edificios a lo que preguntó a un señor, quien era el dueño de este importante lugar.

 

 

-Yo soy el dueño, respondió el señor y añadió: - Este negocio me lo vendió una señora que estaba sola con sus hijos porque el esposo se había ido muy lejos a buscar diamantes  y no volvió más.

 

 

Entonces decidí cavar cerca del Oasis para buscar más agua y encontré una mina de diamantes, por eso ha progresado tanto este lugar.

 

 

 

 

 

 Recopilación: Luis Alberto Chinchilla Elizondo

Relato: Martín Pescador. Fabián Belo (James Mustaine) Argentina.


Línea de dos anzuelos, terminación de la caña de fibra de vidrio de cuatro metros. Plomada de varios gramos en forma de torpedo.
Encarnó cada anzuelo con tres gambas previamente saladas y un trozo de calamar a modo de guinda, como postre.

Dio el giro reglamentario para liberar el reel e incursionar el agua con provocativo envite para presas ansiadas. Sin mucha potencia, aguas cercanas.
Se retiró unos pasos hacia atrás y colocó la caña en el haragán que también soportaba el resto del aparejo; mucha más carnada, hilo de coser, cuchillo de caza y baterías de repuesto para la linterna de cabeza.
Se dejó caer en silleta de acero inoxidable y con gesto responsable escudriñó la noche en busca del horizonte, dejó su mano derecha al acecho de vibración premiadora en la base de la caña.

En los noventa minutos siguientes repitió la misma operación unas ocho veces sin resultado. Todo indicaba que ese día toda captura le sería negada. Insistente.

-Ya es hora de marchar, -le dijo esa conocida voz por la espalda.

-Está bien, ya voy; déjame un minuto más que ahora seguro sale, -replicó proféticamente.

Y el augurio se hizo realidad, se cumplió su vaticinio; con frenesí de cazador triunfante recogía el reel y todo el nylon suelto que en su extremo desnudo descolgaba peso. Presa conseguida.
Al tenerla en su poder, antes de nada la admiró en silencio, la tocó y hasta quiso besarla, pero reprimió su deseo. 
La desenganchó dejándola a buen recaudo. Recogió los bártulos pesqueros y con el botín en mano alzada se encaminó a la voz diciendo:

-Lo he recuperado doctor. Ha llevado mucho tiempo, pero lo he conseguido.

El doctor lo felicitó, le dio unas palmadas a la espalda y lo acompañó hasta dentro del psiquiátrico donde alguno de los internos se pondría más que contento por recuperar su calcetín perdido en la piscina.
Martín no esperaba ninguna gratificación, tan sólo pretendía que lo dejasen salir de pesca a la piscina dos veces por semana.

 

sábado, 1 de noviembre de 2008

Relato: Cristina. Nora Ricotti (Argentina).


ERA MI PRIMERA SEMANA EN LA OFICINA, ESTABA A PRUEBA, LAS MIRADAS DE MIS JEFES OBSERVABAN EL DESEMPEÑO DE LAS TAREAS QUE REALIZABA, PERO LO MAS IMPORTANTE ERA COMO SERIA LA INTEGRACION AL GRUPO. NO TUVE QUE ESFORZARME MUCHO, FORMAMOS UN BUEN EQUIPO DE TRABAJO.

MOMENTOS DE TENSION, RISAS, COMPARTIR JUNTOS UN CAFE, UN MATE, ALGUNAS DIFERENCIAS QUE RESOLVIAMOS ENTRE CONTRADICCIONES Y DECISIONES.

PERO YO CARGABA CON UN SECRETO QUE TRATABA DE OCULTAR, UNA AMARGA Y DESAGRADABLE VIVENCIA QUE QUERIA BORRAR DE MI MENTE Y NO SABIA COMO, ALGUIEN TENIA QUE ESCUCHARME PERO PODIA MAS LA VERGUENZA Y LA ANGUSTIA QUE MIL PALABRAS. ME SENTIA SUCIA, CARCOMIDA POR LA BRONCA Y LA DESESPERACION.

PREPARANDOME UN MATE A MEDIA TARDE, SOLA EN EL PEQUEÑO LUGAR DONDE MERENDABAMOS, ESTALLE EN LLANTO. NO PODIA PARAR, TRATABA DE DESIMULAR Y ENTRO CRISTINA, SUS OJOS VERDES SALTONES ME MIRARON SORPRENDIDOS, SIN MEDIAR UNA PALABRA ME ABRAZO FUERTE Y DE SU BOCA UANA VOZ SUAVE Y A LA VEZ IMPERETIVA, PREGUNTO: ¿QUE TE PASA?, COMO ACTO REFLEJO ME ABRACE A ELLA Y DESCARGUE ESA PESADA MOCHILA QUE LLEVABA SOBRE MIS HOMBROS.

NOS SENTAMOS, PREPARO UN CAFE Y PUDE CONTARLE ESA GRAN ANGUSTIA    QUE ESTABA CONSUMIENDOME. HACIA SEMANAS QUE NOS CONOCIAMOS PERO SOLO CRIS. FUE LA UNICA QUE PUDO CONSOLARME, ESA MIRADA, ESE ABRAZO Y SUS PRECISAS PALABRAS LOGRARON DESPERTAR EN MI UN SENTIMIENTO DE PROFUNDA CONFIANZA.

TENIA FRENTE A MI A LA PERSONA QUE DESDE ESE MOMENTO SE CONVERTIRIA EN MI MEJOR AMIGA.

SOLO TENIAMOS VEINTE AÑOS Y NUESTRAS CONVERSACIONES A PESAR DE UN SIMPLE VOCABULARIO, TENIAN LA PROFUNDIDAD DE UNA ADULTEZ PREMATURA.

CUANDO YO FLAQUEABA ELLA ESTABA AHI AYUDANDOME, A PARTIR DE ESE DIA TODO CAMBIO... SU AYUDA HIZO QUE LA VIDA NOS UNIERA.

LOS AÑOS FUERON PASANDO, FORMAMOS HERMOSAS FAMILIAS, FUE MADRINA DE ROMY, MI PRIMERA HIJA MUJER, VACACIONAMOS COMPARTIMOS MOMENTOS MARAVILLOSOS.

CONSEGUIMOS LO MAS PRECIADO, UNA HERMOSA AMISTAD, ABRIENDOSE COMO ABANICO ENTRE NUESTROS MARIDOS Y LOS HIJOS.

HACE DOS AÑOS UNA CRUEL ENFERMEDAD LA ALEJO DE MI LADO, RECUERDO ESA NOCHE, CUANDO LA CUIDABA ME TOMO DE LA MANO Y LLORAMOS JUNTAS....COMO AQUEL DIA...PERO A PESAR DEL DOLOROSO MOMENTO ME APRETO FUERTE Y SUSURRO.." AMIGA TE QUIERO MUCHO ".

YA NO ESTAS CONMIGO CRISTINA PERO COMO ESCENAS DE PELICULA DIA TRAS DIA RECUERDO TODO LO QUE COMPARTIMOS JUNTAS. MI SECRETO SE FUE CON ELLA Y CUANDO MI MENTE LO REVIVE SUS PALABRAS APARECEN COMO SUSURROS Y PUEDO VOLVER A SUPERARLO.

AMIGA, MI DULCE CRISTINA ESTAS EN MI VIDA Y JAMAS TE OLVIDARE... TREINTA AÑOS DE AMISTAD SIN FRONTERAS.

UN ABRAZO NOS UNIO Y OTRO NOS SEPARO......¡¡¡TE RECUERDO CON AMOR Y YA NO HAY LAGRIMAS EN MIS OJOS SOLO UNA SONRISA DE FELICIDAD POR HABERTE CONOCIDO Y UN JAZMIN EN TU FOTO POR TODO LO VIVIDO.-

 

                                    NORALI.-

 

jueves, 30 de octubre de 2008

Relato: Noche Sevillana. Nora Ricotti (Argentina).


SEVILLA...NOCHE OSCURA,ESTRELLAS,FANTASIA, TABLADO Y ALEGRIA.EL FLAMENCO ATURDIA MIS OIDOS,TACOS, FANDANGO SONAR DE CASTAÑUELAS ME EXTREMECIA.

DIVISE EN SUS OJOS MOROS PENETRANTES,UN SIN FIN DE EXPERIENCIAS YA VIVIDAS.

QUE EN MI CUERPO GENERABAN SENSACIONES... ENVOLVIENDOME EN UN MANTO DE LOCURA.

ESA NOCHE SEVILLANA FUIMOS UNO EN MAGICA PASION SIN ATADURAS.

PIEL, BESOS, CARICIAS SIN MEDIDA, LUNA LLENA, AROMA A JAZMINES...EMBRIAGARON...ESA NOCHE...ENLOQUECIDA.-

EL AMANECER DESPERTO EL EMBRUJO DE UNA NOCHE QUE JAMAS ENTENDERIA...LOCURA, PASION, DESENFRENO...

SOLO EL MIRAR DE ESOS OJOS MOROS....UN RECUERDO QUE JAMAS OLVIDARIA.-